Sueño para el Invierno: Capítulo 14 “Ustedes no van a ninguna parte”
Bueno, después de todo puede que no haya sido tan buena idea esto del viaje. Se suponía que arribaríamos a Puerto Montt a la mañana siguiente, pero, en fin, cuando llevábamos cuatro horas de viaje, el bus entró a un terminal y apagó los motores. Algunos pasajeros se irguieron en sus asientos, y pronto se encendió la luz del pasillo y entró el auxiliar.
Bueno, después de todo puede que no haya sido tan buena idea esto del viaje. Se suponía que arribaríamos a Puerto Montt a la mañana siguiente, pero, en fin, cuando llevábamos cuatro horas de viaje, el bus entró a un terminal y apagó los motores. Algunos pasajeros se irguieron en sus asientos, y pronto se encendió la luz del pasillo y entró el auxiliar. Se trataba de algo casi de rutina: uno de los neumáticos traseros estaba perdiendo aire, así que lo iban a revisar. No tardaría más de veinte minutos. Afuera, un terminal vacío, y las luces en la oscuridad. Desperté a Almendras y le pedí un poco de agua. Luego despertó también Milena, que dormía con la cabeza apoyada en la ventana. Le explicamos la situación y cambiamos de tema. Cogí el libro de Kafka que llevaba en mi mochila y comencé a leer en silencio. Milena y Almendras, delante de mío, conversaban en voz muy baja. Kafka escribió cosas como “En la lucha entre tú y el mundo, apoya al mundo” o, “Lo malo sabe de lo bueno, pero no lo bueno de lo malo”, y también, “La desgracia de don Quijote no es su fantasía, sino Sancho Panza”. Pero mientras lo leía pensaba en el mar de Puerto Montt, que no conozco, y lo imaginaba oscuro pero abierto, inmenso, desgraciado.
- Gregorio –dijo Almendras.
Me incliné hacia adelante. Almendras me señalaba a Milena, a su lado, pálida y temblando de frio.
-¿Qué ocurre? –pregunté.
- Milena tiene ataques de pánico.
El último intento de suicidio de Milena fue hace menos de un mes, y desde entonces sólo había salido tres veces de su casa, y de ellas, sólo una de noche. Le alcanzamos unas pastillas que llevaba en su mochila, pero apenas las pudo tragar. Le acaricié el cabello y ella me cogió la mano con fuerza.
- Háblame, Gregorio –dijo, cerrando los ojos. Parecía como si estuviera a punto de tener un ataque. Almendras opinó que necesitaba aire. Las ventanas estaban selladas así que entre los dos, la ayudamos a bajar del bus. El auxiliar y otros sujetos que revisaban el neumático, nos miraron algo molestos. Unos metros más allá, Milena se reclinó y comenzó a vomitar. Recién entonces comprendí que allí comenzaba verdaderamente nuestro viaje. Le ordené a Almendras que cuidara a Milena mientras iba por los bolsos. El auxiliar me explicó que si nos bajábamos allí, perderíamos los pasajes.
- Sólo dígame dónde estamos –afirmé.
- En Temuco –respondió.
Caminamos unas cuadras hasta una pequeña hostal llama Lautaro. Pedimos una habitación de una cama. Almendras se recostó con Milena e intentó hacerla dormir. Yo me acomodé en el suelo y seguí con el libro. A las horas, ambas estaban dormidas, y yo apenas había avanzado cinco páginas. Revisé la mochila de Milena y busqué sus pastillas. Eran siete cajas, tres azul con blanco, y cuatro amarillas. Pensé que con eso ella sería capaz de terminar el viaje. Cualquier viaje. Cogí la mochila y la puse de almohada. A través de las cortinas pude ver que amanecía. Tenía frío, pero a mi lado dormían dos mujeres, y acababa de leer a Kafka. Me dije que no podía estar mejor.
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· Ilustración: lluís ràfols
· Texto: Gregorio Laocoonte. gregorio(arroba)vitrinasur.cl






entretenido capítulo, leeré los que me faltan
chauuu
entretenidooo..
y los anteriores igual.
sigue asi
=)
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