Sueño para el Invierno: Capítulo 15 “El aire del sur”

La idea era esperar a que Milena recuperara el ánimo y después reanudar nuestro viaje. Pero al día siguiente, ella durmió hasta las cinco de la tarde y no quiso abandonar la habitación.


Por: Gregorio Laocoonte
15 Septiembre 2008 3 Comentarios Comparta: Linkae | Guardar

La idea era esperar a que Milena recuperara el ánimo y después reanudar nuestro viaje. Pero al día siguiente, ella durmió hasta las cinco de la tarde y no quiso abandonar la habitación. Por la mañana salí a caminar y regresé con algo de comida, mientras Almendras se quedó esperando a que Milena despertara. Más tarde, volví a salir, recorrí el centro de Temuco, me senté en la plaza y fumé varios cigarrillos y luego regresé con más comida. Así se nos fue el primer día. Y también el segundo. Y entonces, por decirlo de algún modo, comenzamos a inquietarnos. Milena apenas se levantaba para ir al baño, y comía sólo lo que le ofrecíamos. Por lo demás, en las noches hacía mucho frío, así que tuvimos que pedirle a la dueña de la pieza, más frazadas. La única luz de la pieza era una pequeña lámpara. Bajo ella, leía en voz alta los diarios de Kafka, y, tanto Almendras como Milena, me escuchaban con atención. Les contaba, por ejemplo, que Kafka no decía garabatos ni permitía que se los dijera en su presencia. A Almendras eso le parecía una siutiquería. Un ejemplo de pureza, exclamaba Milena, con una débil voz. En secreto, revisaba los medicamentos de Milena para comprobar que los hubiera tomado. Si aún no los había hecho, le llevaba un vaso de agua y esperaba hasta verla tragar la pastilla. Al tercer día, pudimos sacarla a la calle. Milena temblaba, y estaba pálida. Se sujetó de mi brazo, respirando profundamente. Almendras le hablaba para distraerla. Llegamos hasta la plaza, miramos a la gente caminar y tomamos un helado. De vuelta, nos agradeció, emocionada, por soportarla. Esa noche, mientras ambas dormían, salí a llamar por teléfono. Eran cerca de las once. Una voz femenina me contestó. Pregunté por Ángela. La voz me dijo que Ángela se preparaba para ir a dormir, pero que quizás alcanzaría a hablar con ella. Aguardé unos segundos hasta que Ángela se puso al teléfono. Mientras la oía, observaba la noche de Temuco, e intentaba recordar su rostro. Le dije que aún no llegábamos a Puerto Montt, pero que pronto lo haríamos. Ella me contó que había pasado todo el día dibujando, y que las estrellas tienen cinco puntas, y que los árboles tienen tronco, raíz, ramas, y hojas, y que la raíz, que es lo más importante, no se ve porque está bajo tierra. Cuando se me acabó la moneda, regresé lentamente a la pieza, y, sin encender la luz, me acosté en silencio. Al otro día, Milena volvió a salir a la calle. Esta vez, al llegar a la plaza, tomamos Prat,  y caminamos unas nueve cuadras hacia el norte hasta llegar a los pies del cerro Ñielol. Ninguno había estado allí antes. Pagamos la entrada, y subimos durante una media hora, hasta que ya no pudimos más. Milena se mantuvo absorta en el paisaje. A pesar del smog, desde esa altura podíamos ver la silueta de la ciudad. Algo ocurrió, pues volvimos más alegres. Comimos papas fritas en el camino, y Milena no paró de reír. Esa noche, no quisieron que les leyera a Kafka, sino que decidiéramos que hacer al otro día. Milena dijo, con decisión, que no debíamos ir a Puerto Montt, sino que a la cordillera. Fue cosa de segundos. A la mañana siguiente tomamos un bus a Angol, ya que nos dijeron que desde allí se iba a Nahuelbuta. Esperemos que así sea.

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· Guía de Capítulos

· Ilustración: “Paisatge” lluís ràfols

· Texto: Gregorio Laocoonte. gregorio(arroba)vitrinasur.cl



3 Comentarios »

  • jac dijo:

    generalmente me gustan los capítulos, pero hay tanto detalle que se podrían omitir.

  • jac dijo:

    ahhhhh….espero tener más suerte esta vez (a)

  • Roberto F. dijo:

    jac si te refieres a las entradas para el señor de la Kasona, debes postear en esa entrada.

    saludos y suerte!


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