Sueño para el Invierno: Capítulo 16 “Nahuelbuta”
Ya es de noche y Milena y Almendras duermen en la carpa. Estamos en Nahuelbuta. El cielo está despejado y si mirara hacia arriba vería las estrellas…
Ya es de noche y Milena y Almendras duermen en la carpa. Estamos en Nahuelbuta. El cielo está despejado y si mirara hacia arriba vería las estrellas o lo que queda de ellas. Caminamos todo el día, pero valió la pena porque he visto al menos seis copihues, y estoy rodeado de araucarias. Este es el quinto día desde que salimos de Concepción y ya no sé cuándo volveremos. En principio, pensaba que no sería más de tres o cuatro días, el tiempo suficiente para que los paros en la universidad acabaran. Pero desde que salimos no he sabido nada, y aquí tampoco hay modo de enterarse. Lo curioso es que casi no me importa.
Durante la caminata conversamos muchísimo. Milena, quien luce muy animada, nos agradeció con fervor los cuidados que le prodigamos en Temuco. Dijo que a veces teme estar volviéndose loca, que no quiere hacer sufrir a nadie pero hay ocasiones en que siente que ya no puede más. Minutos después, fue el turno de Almendras. Dijo que estuvo embarazada de Julián, y que había abortado. Que después del día del aborto, no lo había vuelto a ver, y que, por lo demás, no quiere verlo más. Dijo también que la decisión fue de ambos, que no sintió mucho dolor, aparte de unas pocas náuseas, pero que es incapaz de detenerse y pensar sobre el sentido de lo que hizo. Aunque ya lo sabíamos, Milena y yo fingimos sorpresa. Frente a nosotros, un camino de piedras y tierra, y uno o dos autos cada media hora, que, al pasar sólo nos dejaban más polvo.
Miré a las muchachas, y aunque no lo dijeron, era evidente que esperaban alguna confesión de mi parte. Les dije que dormía con la luz encendida, pero que prometía dejarlo. Me llenaron de garabatos. A veces intento ponerme en su lugar pero me es imposible. Comprenderlas me está vedado. En una ocasión, un escritor francés dijo que admiraba el idioma español porque existía la expresión “vergüenza ajena”, de la cual carecía el francés. Según él, en francés la vergüenza siempre es personal. Yo no sé nada de francés, pero no puedo dejar de preguntarme si los franceses sentirán alguna vez vergüenza ajena. Y peor aún, si pudieran sentirla ¿cómo la dirían? No comprendo ni a Milena ni a Almendras, pero he pasado cinco días con ellas, he dormido a su lado y soy incapaz de juzgarlas. Quizás estoy en una situación que no se puede decir en español. Pienso en ellas y digo “sí” y “no” a la vez. Por ejemplo: al llegar a las puertas del parque, encontramos a un perro, un quiltro, atropellado. Estaba muerto y tenía la mitad de las entrañas fuera del cuerpo. Almendras, al verlo se abalanzó sobre él, y estuvo un buen rato a punto de largarse a llorar. Le acariciaba el hocico y las patas y maldecía al chofer culpable. Después nos obligó a cavar una pequeña tumba y a arrojar al perro en ella. Lo cubrimos de tierra y flores y luego nos marchamos. No dejé de mirar a Almendras en todo ese rato. Ella me preguntó qué ocurría. Nada, le respondí. Pero en verdad no hacía más que pensar en ese aforismo de Kafka que dice que en la lucha entre tú y el mundo, siempre apoya al mundo.
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· Ilustración: “Germanes” lluís ràfols
· Texto: Gregorio Laocoonte. gregorio(arroba)vitrinasur.cl









confiar en los aforismos de Kafka, es entregarse al desastre.
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