Sueño para el Invierno: Capítulo 17 “Visiones de Nahuelbuta”
Una mañana, Almendras lanzó un grito. De prisa corrí a su lado. A sus pies, un pájaro muerto, probablemente…
Nuestra vida aquí se limita a comer, dormitar, emprender extensas caminatas, volver a comer, y volver a dormir. Vivimos apretujados en una pequeña carpa para dos personas.
Por las noches dejamos los bolsos afuera y los cubrimos con un trozo de plástico para evitar que se humedezcan. Desde que llegamos, no he vuelto a fumar, ni he pensado en Concepción o en la universidad. Todas las mañanas elijo un cerro, y luego un árbol en ese cerro, y después paso las siguientes tres horas ideando un plan que nos permita llegar a ese árbol, sin perdernos. A veces no lo logramos, porque, o bien comienza a anochecer y decidimos regresar, o alguna de las muchachas (por lo general, Almendras) se cansa y cree que no podrá alcanzar la meta. Pero cuando lo logramos, nos sentamos bajo la sombra del árbol, reímos y bebemos mucha agua.
Una mañana, Almendras lanzó un grito. De prisa corrí a su lado. A sus pies, un pájaro muerto, probablemente hace sólo unas horas. Según Milena, es un zorzal joven. Ya que ni Almendras ni yo estamos en posición de discutirle, también lo llamamos el zorzal. Tuve que cavar una tumba, y Milena lo depositó en ella, y luego yo lo cubrí con fría tierra. Entre los tres decoramos su tumba con palitos y flores, y dejamos un trozo de madera a modo de lápida. Visitamos al zorzal dos veces al día, lo saludamos y le explicamos nuestros planes para el día.
Esperamos en silencio hasta que el viento, o el canto de otros pájaros nos remece y nos despierta, o de plano, nos sumerge aún más en el sueño. Anoche, una breve discusión con Almendras. Ella, como si se tratara de un descubrimiento radical, preguntó si no nos habíamos dado cuenta que el cuerpo del zorzal en esos precisos momentos se estaba fundiendo con la tierra, y que después esa misma tierra dará lugar a árboles, y éstos a coloridas frutas que algún día nuestros hijos o nietos, probarán. Yo le respondí que basta con tomar un puñado de tierra para abarcar toda la sangre y todas las muertes del mundo. Si sabemos mirar bien, claro, agregué. ¿Y qué pasa si, por ejemplo, esa sangre es sangre sucia, sangre injusta, en fin, sangre de asesinatos y violaciones y ese tipo de cosas?, preguntó Almendras. Pues que esa misma sangre se fundirá con el cuerpo de las generaciones futuras, manchándolos a ellos con las injusticias de sus antepasados, respondí. Es un pensamiento terrible, intervino Milena. Por eso la sangre se vuelve oscura como la tierra, o brillante como los árboles, aseguré, la sangre debe hacernos creer que ha desaparecido, pero en el fondo sigue allí esperando justicia. Una sola mala muerte, condena a todos los descendientes, concluí. ¿Y no hay nada que puedan hacer ellos para librarse de esa condena?, preguntó Almendras. Sí que pueden, dije; pueden cobijar la tumba de sus muertos, y rendir culto al discurrir de la sangre, hasta que ésta deje de ser una sangre que mancha y pase a ser una sangre que purifique; eso es lo que hemos hecho con el zorzal, agregué; cuidamos su muerte para cuidarnos a nosotros ya la vez cuidar a nuestros hijos, aseguré. Todo lo que has dicho es una estupidez sin sentido, me dijo Almendras, con voz firme. Es probable, dije, pero no negarás que estás muerta de miedo porque en el fondo piensas que de esta etapa de tu vida no saldrás limpia. Justo al terminar la última frase, ya estaba arrepentido. Esa noche tuve que dormir afuera, junto a los bolsos, mientras oía los llantos de Almendras dentro de la carpa, y las reprimendas de Milena, donde lo más suave era: Gregorio, hijo de puta.
· Ilustración: lluís ràfols
· Texto: Gregorio Laocoonte. gregorio(arroba)vitrinasur.cl









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