“En la lucha entre tú y el mundo, pues apoya al mundo”
Sueño para el invierno. Capitulo 19: “Si este viaje sirvió para algo, no lo tengo claro. De hecho, ni siquiera tengo claro los motivos por los cuales estuvimos una semana en la cordillera…”
Si este viaje sirvió para algo, no lo tengo claro. De hecho, ni siquiera tengo claro los motivos por los cuales estuvimos una semana en la cordillera. Milena y Almendras son ahora muy amigas, y yo las conozco un poco más, claro. Pero para eso podríamos habernos quedado en Concepción. Apenas llegamos a Angol, los celulares de las muchachas se llenaron de mensajes y llamadas en el buzón de voz. A Almendras la habían llamado sus padres con insistencia (de Julián nadie sabía nada). A Milena la había llamado, claro está, su madre. En mi caso, desde que no tengo celular, es como si nadie se interesara por mí. Milena sugirió que llamara a mi familia. Almendras la apoyó. Yo dije que mejor íbamos a ver a mi familia nosotros mismos. Argumenté que no necesitábamos desviarnos mucho del camino a Concepción. Les expliqué que:
Y no les quedó otra que aceptar.
En este punto, debiera hacer una pequeña reseña sobre mi familia. Mi madre y mi padre se casaron. Tuvieron dos hijos, de los cuales yo soy el mayor. Mi padre, al cabo de unos años, se aburrió o se volvió loco, o tuvo un momento de lucidez, la cosa es que desapareció, y nunca más supimos de él. Mi madre quemó su ropa en el patio, botó su anillo al wáter, y no volvió a mencionarlo. Por supuesto, mi hermano y yo, la apoyamos. O yo la apoyo, porque mi hermano tiene apenas nueve años y hace todo lo que yo le diga. Pero en el fondo somos una familia muy feliz. Yo estudio en Concepción y viajo a verlos cuando puedo, o sea cada 15 días o algo así. Con más o menos detalles, esto es lo que saben de mí las muchachas. Tomamos el bus cerca de las cinco de la tarde. Ellas hablan sobre qué harán al volver a Concepción. Ambas coinciden en que es hora de rehacer sus vidas, que no pueden seguir así, etcétera. Yo me mantengo en silencio, e incluso me mareo un poco, así que intento dormir. A las ocho de la tarde estamos frente a mi casa. Toco el timbre (las muchachas detrás de mí ríen impacientes y susurran que esperan que mi madre nos provea de abundante comida). Se abre el portón y entramos. En la puerta de la casa no está mi madre sino un tío, es decir, su hermano. Lo saludo, me saluda, saluda a las muchachas. Me pide que lo acompañe al patio. Lo hago. Hace dos días, mi madre, mientras se preparaba para acostarse, se desvaneció. Despertó en el hospital, pero sin poder mover su brazo y pierna derecha. Intentaron ubicarme, pero mi celular no respondía. Media hora después, yo estaba en el hospital, a su lado. Ella al verme esbozó un gesto, y luego se durmió. Pedí a las muchachas que se marcharan a Concepción esa misma tarde. El hermano de mi madre las acompañó al bus. Yo no alcancé a despediré de ellas.
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· Ilustración: Michaela_Kei
· Texto: Gregorio Laocoonte. gregorio(arroba)vitrinasur.cl







hace falta un nuevo trozo…
veo que esto tiene mucho espiritu filosofico ahh
muy profundo todo..
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